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El tratamiento de la ERC

La enfermedad renal crónica, la epidemia silenciosa: un desafío social

La enfermedad renal crónica (ERC) es el nombre general que recibe el daño renal persistente e irreversible.1 Se define como el daño renal estructurado o como la disminución de la función renal (disminución de la filtración glomerular (FG)) cuando se observa durante un período de 3 o más meses.2

La ERC es una patología grave que se asocia con una mortalidad prematura, una disminución de la calidad de vida y un aumento del gasto sanitario.3 Esta enfermedad supone un grave problema para quienes la padecen, así como para sus familiares y proveedores de servicios de Salud1, aunque normalmente no suele reconocerse como un grave problema sanitario.4 Los estadios iniciales de la enfermedad son asintomáticos y, durante sus fases más tempranas, es posible que los riñones únicamente presente un daño estructural de poca importancia. Ahora bien, si dicho daño pasa desapercibido y no se trata, la patología suele tender a progresar1 y el paciente puede desarrollar la enfermedad renal terminal y requerir diálisis o un trasplante de riñón.3 Uno de cada diez adultos presenta algún grado de la enfermedad renal, si bien la mayoría no es consciente de ello.1

Se sabe que las formas más leves del daño renal son particularmente dañinas dado que, si bien son habituales y no suelen presentar síntomas, tienen consecuencias negativas graves a largo plazo para la salud de los pacientes.1

Una problemática pública y una carga mundial

En la actualidad, en Europa existen casi 700 000 pacientes con enfermedad renal terminal (ERT). Asimismo, la carga que constituye la ERC es cada vez mayor. Durante las últimas tres décadas, la incidencia y la prevalencia de la ERT ha crecido de manera progresiva.4

Como mínimo, el 8 % de la población europea padece algún grado de la ERC y se calcula que hay como mínimo 40 millones de personas afectadas en la UE. Además, esta cifra aumenta año tras año y, en el caso de que la tendencia actual se mantenga, el número de personas con ERC se duplicará durante la próxima década.1 En los EE. UU., se calcula que una de cada nueve personas padece de ERC y que otros 20 millones se encuentran en riesgo de desarrollar la ERC, lo cual ha generado el temor de que estamos ante una enfermedad fuera de control. De hecho, la ERC es la novena causa de fallecimiento en los Estados Unidos4 y, en el ámbito europeo, el riesgo anual de muerte entre los pacientes con ERC en el estadio 5 es entre 10 y 100 veces superior al riesgo de muerte de la población general.1

La epidemia silenciosa de la ERC constituye una enorme carga para los sistemas sanitarios nacionales, en los que los tratamientos de diálisis por sí solos representan el 2 % de los presupuestos sanitarios estatales.1 Esta cifra prevé duplicarse en los próximos 5 años, por no hablar de los mayores costos que supone la enfermedad en lo que se refiere a gastos médicos adicionales, la disminución de la calidad de vida y de la expectativa de vida, la mayor morbilidad y la disminución de la capacidad para trabajar.1 Además, los costos que implica la enfermedad renal son más de cuatro veces superiores a los costos previstos para el número de pacientes afectados. El tratamiento de la ERT constituye una pesada carga económica para los pacientes, los sistemas sanitarios y la sociedad.4 El costo destinado a poner en marcha estrategias para la prevención de la ERC puede ser pequeño. De hecho, el 97 % de los gastos sanitarios se dedican al tratamiento, mientras que únicamente el 3 % se invierte en prevención. Sin embargo, el costo que supone no detectar esta patología es enorme: por cada persona que padece insuficiencia renal hay, como mínimo, treinta personas que padecen grados más leves del daño renal y que requieren tratamiento para minimizar el riesgo de desarrollar una insuficiencia renal.1

Por lo tanto existe una necesidad urgente de mejorar la conciencia social al respecto, las estrategias de prevención, la detección precoz, la educación y el tratamiento posterior de la ERC en la práctica clínica para hacer frente a esta creciente y costosa problemática.1

Asimismo, los pacientes que actualmente reciben tratamiento de sustitución de la función renal deben abordar enormes dificultades: el acceso, el alcance y la calidad de los servicios de tratamientos de sustitución renal son muy diferentes entre sí en el mundo y —lo que es más importante— las oportunidades para recibir el mejor tratamiento y el más costo efectivo —el trasplante de riñón— son muy limitadas debido a la gran escasez de riñones de donantes.1

La detección precoz y la prevención son cruciales

A pesar de la aplastante carga que supone la ERC, el conocimiento y la prevención de esta patología siguen siendo relativamente bajos. Los estadios iniciales de la ERC suelen ser asintomáticos, lo que convierte esta «epidemia silenciosa» en una patología muy difícil de identificar. Sin embargo, está demostrado que los estadios iniciales de la ERC se pueden detectar y tratar, que las intervenciones precoces y eficaces pueden disminuir el riesgo de complicaciones y que los resultados adversos de la ERC se pueden evitar o retrasar en el tiempo. Si se recibe una atención médica óptima, la progresión de la ERC y de las patologías asociadas se pueden ralentizar o incluso, en algunos casos, detener; así, se puede alargar la vida del paciente y aumentar su calidad de vida.1

Una de las claves para ello consiste en identificar a las personas que se encuentran en riesgo de desarrollar la enfermedad o a quienes se encuentran en sus etapas iniciales, a fin de aplicar de manera eficaz estrategias terapéuticas y preventivas demostradas.3 Es vital poner en marcha estrategias con las que prevenir la enfermedad renal con sus riesgos cardiovasculares asociados y la probabilidad de que esta patología se convierta en una insuficiencia renal; además, es la única manera de evitar el rápido aumento de los costos personales, sociales y económicos que genera la enfermedad renal. Para ello, también es necesario mejorar los medios tecnológicos que se emplean para detectar la ERC.1

Cerca del 70 % de los pacientes diabéticos no ha hablado nunca con el médico sobre el modo en que pueden minimizar el riesgo de desarrollar el daño renal; de igual manera, el 73 % de los pacientes con enfermedades cardiovasculares (ECV)/hipertensión carecen de información sobre el riesgo que tienen de padecer daño renal. Por lo tanto, es indispensable abordar un cambio de política y prestar mucha más atención a la prevención primaria y secundaria de la ERC.1